domingo, 12 de julio de 2015

AGUA

Pasado el insomnio y las noches navegando, aún recuerdo tu olor a agua y tus manos frías,  secas.
Sé que te alejaste y que esos tiempos se han perdido en el valle del descanso, pues mis ojos jamás verán esos pies otra vez; pero todavía se rinde mi aliento ante la remembranza de los años del viaje junto a tu temperatura, al compás naranja del collar que te di.
Parece que hubieras olvidado todo, que un huracán te hubiera despegado de tu antiguo sentir. Fue de un momento a otro que el cambio surgió. Supongo que ante mis ganas de huir de tu prisión, mezcladas con la terquedad vehemente que me incitaba a besarte el cuello. Por eso te rendiste, y la última vez que vimos  las estrellas cerraste tu alma ante mi invasión.
Hoy anhelo solo un minuto de aquello, aunque por experiencia me aseguro que ocurriría mucho más, y quizás debería suceder. Porque también me aseguro que más de una vez has pensado lo mismo.
Pero sería muy raro si sucediera; más aún en este momento, cuando he definido luego de años mi lugar en el mundo y no dispongo de anhelo para algo más. Pero tú, con tu pétreo cuerpo de piel aterciopelada y tus ojos pequeños, cambian mi perspectiva y mi color. Siempre lo hicieron.
Sería un lujo saber que aún me amas con la fuerza que tenías y los celos desmesurados que chorreaban por tus ojos cuando afloraba mi carácter primitivo y desatendía el amor. Sería paz saber que cuando Igno se esconde aún imaginas mis incisivos rozando tu epidermis o la temperatura de mis dedos enlazando rústicamente el contorno de tus extremidades.
Si tan solo pudiera retroceder el tiempo mil días atrás.
Quizás te condenaría al suplicio de mi rechazo o me esclavizaría ante tu alma infante bañada por costumbres masculinas, para descansar en el arrepentimiento o la obsesión, y llegar al claro oscuro de los indefinidos.


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