Pasado el insomnio y las noches
navegando, aún recuerdo tu olor a agua y tus manos frías, secas.
Sé que te alejaste y que esos
tiempos se han perdido en el valle del descanso, pues mis ojos jamás verán esos
pies otra vez; pero todavía se rinde mi aliento ante la remembranza de los años
del viaje junto a tu temperatura, al compás naranja del collar que te di.
Parece que hubieras olvidado
todo, que un huracán te hubiera despegado de tu antiguo sentir. Fue de un
momento a otro que el cambio surgió. Supongo que ante mis ganas de huir de tu
prisión, mezcladas con la terquedad vehemente que me incitaba a besarte el
cuello. Por eso te rendiste, y la última vez que vimos las estrellas cerraste tu alma ante mi
invasión.
Hoy anhelo solo un minuto de aquello,
aunque por experiencia me aseguro que ocurriría mucho más, y quizás debería
suceder. Porque también me aseguro que más de una vez has pensado lo mismo.
Pero sería muy raro si sucediera;
más aún en este momento, cuando he definido luego de años mi lugar en el
mundo y no dispongo de anhelo para algo más. Pero tú, con tu pétreo
cuerpo de piel aterciopelada y tus ojos pequeños, cambian mi perspectiva y mi
color. Siempre lo hicieron.
Sería un lujo saber que aún me
amas con la fuerza que tenías y los celos desmesurados que chorreaban por tus
ojos cuando afloraba mi carácter primitivo y desatendía el amor. Sería paz
saber que cuando Igno se esconde aún imaginas mis incisivos rozando tu
epidermis o la temperatura de mis dedos enlazando rústicamente el contorno de
tus extremidades.
Si tan solo pudiera retroceder el
tiempo mil días atrás.
Quizás te condenaría al suplicio
de mi rechazo o me esclavizaría ante tu alma infante bañada por costumbres
masculinas, para descansar en el arrepentimiento o la obsesión, y llegar al
claro oscuro de los indefinidos.